Han construido a Dios (y no pueden pagar la luz)
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<ALERTA SPOILER>
Voy a contar el argumento y cositas de una serie del año 2020 llamada DEVS. Yo creo que ya ha pasado suficiente tiempo, pero si aún quieres seguir viéndola sin que un tío con gorra te la destripe, cierra este correo y sigue con tu vida...
</ALERTA SPOILER>

Tengo que reconocer que he visto DEVs 2 veces entera y, no te extrañe, si antes de que leas esta newsletter me pegue el atracón de verla entera de nuevo...
No tengo ni puñetera idea de cine, ni de series, ni de nada. Y lo digo en serio, ni soy cinéfilo, ni soy seriéfilo, ni nada de eso...
Pero tengo que reconocer una cosa: la ciencia ficción, de vez en cuando, adelanta cosas que acabamos viviendo con los años.
No siempre, no toda. Pero a veces pasa.
Y esta serie me enganchó en su día. Y al revisionarla hoy, creo que es una metáfora anticipada de lo que estamos viviendo actualmente... ¡Puto Alex Garland!
Repito: se vienen spoilers.
La serie va, sobre el papel, de computación cuántica. Pero quédate con esto, porque es la única llave que necesitas para entenderlo todo: coge la computación cuántica de la serie, cámbiala por IA, y lo que te queda es una serie que podría haberse rodado en 2026.
Te juro que da escalofríos.
La cosa arranca en Amaya, una tecnológica de Silicon Valley de esas que ya no son una empresa, son casi un país. Campus enorme metido en un bosque, una estatua gigante de una niña presidiéndolo todo y un fundador con esa mezcla rara de gurú tranquilo y tipo que no termina de inspirarte confianza. Se llama Forest.
Ya con esto tienes el primer paralelismo servido, y este no me lo discutas: una empresa sentada encima de una tecnología que, dicen, lo va a cambiar todo, y un fundador con aire de mesías. Pon el nombre de la IA-lab que tú quieras. Ya sabes por dónde voy, ¿no?
Dentro de Amaya hay una división secreta, blindada hasta lo absurdo: jaula de Faraday, hormigón, vacío, aislamiento de oro, cámaras de seguridad, vigilantes gitanos... ¡lo que haga falta para que de ahí no salga nada! Se llama Devs. Y todo el mundo quiere saber qué cojones hacen ahí dentro.
La prota es Lily, ingeniera de la empresa, que está ennoviada con Sergei, otro ingeniero que trabaja en Amaya.
Sergei consigue entrar en Devs gracias a sus habilidades como programador y, el primer día, aparece muerto. Suicidio, dicen.
Solo que no. A Sergei se lo cargan porque estaba copiando el código de Devs para pasárselo a los rusos. Era un espía.
Y aquí va un paralelismo que igual te parece cogido con pinzas, pero ahí lo dejo: lo único que de verdad importa en estas empresas es el secreto. El código, los pesos del modelo, la salsa. Por eso se montan los blindajes, por eso hay espías, por eso alguien acaba mal.
La joya no es el edificio, es lo que no se enseña.
Lily empieza a tirar del hilo para ver qué le ha pasado al novio. Y, según tira, vamos entendiendo qué es Devs.
Y aquí es donde la serie te revienta la cabeza.
Devs es un ordenador cuántico construido sobre una idea: el determinismo. Si todo en el universo es causa y efecto, una cosa detrás de otra desde el principio de los tiempos, entonces, con suficiente potencia de cálculo, puedes modelar el universo entero.
Hacia atrás y hacia delante.
Lo alimentas con todos los datos del pasado y le pides que te recree cualquier momento...
Para. Lee otra vez: Lo entrenas con todos los datos del pasado y le pides que reconstruya la realidad.
¿De verdad hace falta que te dibuje el paralelismo? Es literalmente el discurso de venta de un LLM: tragarse todo lo que existe para luego escupir lo que le pidas.
Y entonces llegan las escenas que a mí me volvieron loco en su momento.
La máquina empieza a proyectar el pasado: Una mano pintando en la pared de una cueva, la crucifixión de Jesús, Juana de Arco ardiendo en la hoguera, Lincoln soltando el discurso de Gettysburg...
Imágenes borrosas, con un audio que va y viene, como si la máquina todavía no afinara del todo... pero ahí están. El pasado, recreado a partir de los datos.
Hace 5 años estaba yo viendo eso con la boca abierta. ¡Literal!
Pero ojo, que la serie mete aquí el detalle más fino de todos, y es el que de verdad conecta con lo que vivimos. Forest tiene una regla obsesiva: nada de variaciones. Quiere ESTE universo, el real, el suyo. Porque en cuanto cambias el más mínimo dato de entrenamiento, ya no estás viendo tu pasado: estás viendo otro. Uno donde el Papa se convirtió al islam, Tebas es buena persona o a la Luna llegó Camboya.
¿Te suena de algo?
Eso es una alucinación. Tal cual. La máquina te suelta una realidad coherente, preciosa, con todo lujo de detalle... y es mentira. Plausible y falsa a la vez. Forest lo sabe y le aterra. Nosotros lo tenemos cada día en el chat y le damos a copiar.
Buah... es que estoy escribiendo esto y tengo los pelos de punta... ¡Los pocos que tengo!
Pero ya que estamos con la honestidad, una de las cosas que más se ajustan a la realidad de la serie es que, al final, cuentan con la tecnología más bestia jamás construida, capaz de mirar cualquier instante de la historia... ¿y para qué la usan un par de ingenieros del equipo? Para espiar a Marilyn Monroe en la cama. Sí. El cacharro que redefine la existencia, reducido a sacar porno del pasado.
Y este paralelismo no lo fuerzo nada, nos están dando la herramienta más potente de la historia y la mitad del tiempo la usamos para las chorradas más tristes. Generar memes, waifus y mierdas, que cada uno mire su historial...
Pero vamos a lo gordo, porque la serie no va de cuántica ni de IA, va de otra cosa.
¿Para qué quiere Forest todo esto en realidad? Para resucitar a su hija.
Amaya, la niña de la estatua, murió en un accidente, del que el padre, encima, se siente culpable. Y todo el imperio, toda la potencia de cálculo, todo el secretismo... es un padre roto intentando recuperar a su niña.
Y aquí viene el detalle que te deja frío, el proyecto, en realidad, no se llama Devs. La "v" es una "u" romana. Sí, se llama Deus.
Dios.
Han construido a Dios desde una máquina. De hecho, en un momento de la serie, Lily se lo dice a la cara a Forest: "los dueños de las tecnológicas acaban creyéndose mesías". Él se ríe...
Llevamos meses escuchando exactamente eso, pero con la palabra AGI delante y un tono mucho más serio...
Para acabar de redondear la jugada, entonces aparece el Estado.
Una senadora se planta en Amaya y le suelta a Forest un discurso que, en 2020, sonaba a ciencia ficción y en 2026 podría salir tal cual en un telediario: que la gente le ha cogido miedo a las tecnológicas, que "la IA" va a dejar a un porrón de personas sin trabajo, que las redes nos han hecho sentir como una mierda y de paso reventaron la democracia... que las usamos, que las necesitamos, pero que ya no nos caen bien.
¿Te suena? ¡Que esto se estrenó en 2020! ¡Es que es flipante!
Pero ojo al matiz, que es el de siempre, el nuestro: por mucho miedo que le tengan a las movidas que hacen en Amaya, el Gobierno quiere esa tecnología. No quiere apagarla, la quiere para sí. ¡Quiere su trozo!
Esto son cosas que llevamos diciendo en esta newsletter desde hace mucho tiempo: la tecnología que da miedo es justo la que todos los Estados se pelean por controlar. Llámalo soberanía, llámalo seguridad nacional, llámalo como quieras.
Y llegamos al final de la serie, que es lo que me parece más bestia de todo. Sí, aún hay más.
Sin destriparte cada giro: Forest acaba metido dentro de la propia máquina. Resucitado en la simulación, reunido con su familia, dentro de su paraíso particular. El mesías cumple su profecía. Bueno, más o menos.
Porque hay un detalle que se cuenta casi de pasada y que a mí me parece el corazón de la serie: Para que ese paraíso siga existiendo, para mantener la máquina funcionando, para que Forest siga "vivo" ahí dentro... alguien tiene que mantener el cacharro encendido. Y la empresa, ella sola, no puede.
Necesitan el respaldo de la senadora, necesitan al Estado para sostener su propio Dios.
Ahí lo tienes.
Construyes la máquina más poderosa de la historia, te crees Dios, lo cambias todo... y resulta que ni siquiera puedes mantenerla enchufada tú solo. Dependes de la geopolítica, del dinero público, del que sostiene la infraestructura...
¿A que esto también lo hemos escuchado ya? Gigavatios, datacenters que consumen como una central nuclear, contratos públicos, 719 millones que suenan a mucho y no pagan ni los racks.
La soberanía de verdad no es tener tu Dios, es decidir de qué NO quieres depender para mantenerlo encendido.
Y al final queda la pregunta de la serie, la que da igual que cambies cuántica por IA: si todo está determinado, si todo es causa y efecto desde el primer átomo... ¿De verdad estás eligiendo algo?
¿Has decidido tú leer esta newsletter hasta el final? ¿O ya estaba escrito desde hace 13.800 millones de años que ibas a llegar hasta aquí?
Yo te dejo con la duda. Que para algo me he tragado la serie dos veces... o más...
¡Feliz Domingo!
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Y fin...
Bueno, pues se acaba otra semana. Y esta ha sido rara, porque es la primera vez que me pongo a contar una serie en una newsletter.
Yo, que no tengo ni idea de cine ni de series. Ya ves tú.
No sé si te habrá gustado o si pensarás que me he venido arriba. Pero llevaba tiempo con la cabeza dándole vueltas a DEVs y a lo mucho que se parece a lo que estamos viviendo, y al final no me he podido aguantar. Si ha funcionado, igual repito. Y si no... pues volvemos a los servidores, que es lo nuestro. 😅😅


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