Y una de arena...
👻 La Newsletter de @weareDMNTRs 👻

La semana pasada os intenté contar todas las bondades que un agente de IA podía aportar a nuestra vida. Cómo por primera vez la tecnología dejaba de ser una herramienta pasiva para empezar a trabajar para nosotros. Cómo delegar, automatizar y descargar peso mental parecía, por fin, algo real.
Pero aquí somos muy de yin y yang.
De cal y de arena.
Y hoy toca arena.
Porque igual que la IA nos da muchísimo, también hay cosas que nos va a quitar. ¡Espera! ¡Que nos está quitando YA!
Algunas de forma sutil. Otras sin pedir permiso. Y otras, directamente, ya no nos las va a devolver.
Así que hoy vamos a hablar de eso de lo que casi nadie quiere hablar. No de la demo, no del hype, no del "mira lo que he montado en un fin de semana". Vamos a hablar del coste invisible. De lo que se va quedando por el camino mientras todo mejora.
Porque si la semana pasada celebrábamos lo que la IA nos da, hoy toca mirar de frente lo que nos está quitando. No en abstracto, no en el futuro: aquí y ahora.
Y lo primero que se resiente no es la técnica, es la cabeza.
La IA no solo acelera el trabajo, acelera la expectativa. Lo que ayer era razonable entregar en una semana, hoy parece lento si no sale en una tarde. Lo que antes requería foco y tiempo, ahora seguro que lo puedes automatizar o seguro que con la IA lo haces en un momento.
Sin darnos cuenta, el listón deja de estar en lo humano y se coloca en lo algorítmico. No porque alguien lo diga explícitamente, sino porque el contexto empuja.
Y ahí empieza el desgaste.
Porque mientras los agentes no duermen, no dudan y no se saturan, nosotros seguimos siendo personas. Con límites, con cansancio, con días buenos y días malos.
Pero el sistema ya no está diseñado para eso. Está diseñado para aprovechar cada mejora, cada atajo, cada optimización… ¡Sin preguntarse quién absorbe la presión resultante!
El problema no es que la IA haga más. El problema es que se espera que nosotros también lo hagamos. Que acompañemos ese ritmo como si fuera natural, sostenible y gratuito. Y no lo es. Porque la velocidad no es neutra: siempre desplaza el coste a algún sitio. Y cada vez más, ese coste se paga en atención, en foco y en salud mental.
La segunda cosa que nos está quitando es silencio.
Antes había tiempos muertos. Esperas. Días en los que los proyectos reposaban. Momentos en los que no pasaba nada y, precisamente por eso, pensabas. Mirabas por la ventana. Dabas un paseo. Te ibas a casa con algo rondándote la cabeza y, sin saber muy bien cómo, la solución aparecía al día siguiente en la ducha o conduciendo.
Ahora todo puede estar pasando todo el rato. Logs analizados en segundo plano. Tareas ejecutándose sin parar. Agentes proponiendo cambios. Notificaciones llegando. Ideas sugeridas incluso antes de que hayas terminado de formular la pregunta. Y aunque muchas de esas cosas son útiles, no nos engañemos, el coste es claro: cada vez es más difícil encontrar espacios de calma real, de pensamiento profundo, de estrategia sin interrupciones.
El problema es que la creatividad no funciona bajo demanda. No aparece porque alguien la invoque ni porque un sistema la acelere. Desde hace años sabemos que el aburrimiento, la pausa y el silencio no son tiempos perdidos, sino justo lo contrario: son el terreno fértil donde se conectan ideas que antes no parecían relacionadas. Cuando la mente no está ocupada reaccionando, empieza a explorar. A ordenar. A crear.
Sin embargo, estamos construyendo entornos donde el vacío está mal visto. Donde si algo no está ocurriendo, sentimos que algo va mal. Donde el silencio se interpreta como inactividad y la inactividad como ineficiencia. Y eso es profundamente peligroso, porque muchas de las mejores decisiones no nacen de hacer más, sino de parar lo suficiente como para entender qué merece la pena hacer.
Sin silencio no hay criterio, solo reacción.
Y reaccionar constantemente no es pensar, es simplemente sobrevivir. Es ir apagando fuegos, aceptando propuestas, respondiendo estímulos, sin tiempo para preguntarte si ese es realmente el incendio que deberías estar apagando. La IA puede ayudarnos a hacer más cosas, sí, pero si no protegemos espacios de calma, también puede robarnos algo esencial: la capacidad de elegir bien.
La tercera cosa que nos está quitando es más incómoda aún: los límites. Y con ellos, la sensación clara de quién eres y a qué te dedicas.
De repente todos sabemos un poco de todo. Programamos, diseñamos, escribimos, analizamos datos, montamos estrategias, revisamos contratos y hasta opinamos con seguridad de temas que hace un año ni rozábamos. La IA nos ha dado una sensación extraña de competencia universal, como si con el prompt adecuado cualquiera pudiera ponerse el traje de experto que toque ese día. Y al principio resulta incluso estimulante: sientes que no hay fronteras, que todo está al alcance, que puedes con lo que te echen.
Pero aquí hay una derivada todavía más delicada que casi nadie quiere verbalizar. Con la llegada de la IA hemos dado por supuesto, demasiado rápido, que el trabajo de mucha gente no servía para gran cosa. Que era trivial. Que era repetitivo. Que era fácilmente automatizable. Que había personas convencidas de que hacían algo especial… cuando en realidad una máquina lo hace más rápido, más barato y, en apariencia, mejor.
Perfecto. Lo compro... ¡Pero a medias!
La pregunta importante no es si la IA puede hacerlo, porque, mejor o peor, muchas veces puede. La pregunta es si eso era realmente todo lo que hacía esa persona.
En muchos casos no hablamos solo de producir un resultado, sino de interpretar contexto, de asumir responsabilidad, de tomar decisiones grises, de entender consecuencias. Cosas que no aparecen en el output final, pero que sostienen el trabajo. Y cuando reducimos una profesión a su parte más visible y mecánica, es muy fácil concluir, erróneamente, que era prescindible.
La IA ejecuta, optimiza y repite sin cansarse, pero no carga, por ejemplo, con el peso de equivocarse delante de un cliente, de asumir un fallo, de decidir cuándo algo no debe hacerse aunque se pueda. Confundir rendimiento con valor es tentador, sobre todo cuando el rendimiento se puede medir y el valor no.
Por tanto, el riesgo no es que la IA haga mejor ciertas tareas, es que empecemos a pensar que las personas que las hacían (o las hacen aún) no aportaban nada más. Y ese atajo mental, además de injusto, es peligrosísimo, porque cuando vaciamos de valor el trabajo ajeno, también estamos vaciando el nuestro sin darnos cuenta.
Y es aquí donde esta conversación se vuelve seria. Spoiler: no sigas leyendo...
Porque el problema no es la IA. No lo ha sido nunca. El problema es cómo nos colocamos frente a ella. Desde donde la miramos, desde donde trabajamos, desde donde decidimos qué sí y qué no.
Ayer mismo en una charla de Telegram un amigo lo resumía sin adornos: "Tenemos que encontrar un lugar".
Pues seguramente ese es el tema, que aún no tenemos ese lugar. Un lugar no para huir, sino para observar.
Pero no es fácil encontrarlo, porque cada día se abren mil frentes nuevos. La sensación es de que no puedes abarcar todo lo que quieres abarcar, de que el mundo IT te arrastra por un camino como unas latas atadas a un coche de bodas.
El atajo fácil es: necesito sí o sí más IA para llegar a todo. Porque en medio de todo eso, somos personas ejecutando proyectos, manteniendo sistemas, dirigiendo departamentos, liderando estrategias, empujando innovación…
Y en ese contexto empieza a colarse una idea peligrosísima: la de que podemos hacerlo todo. Que con suficiente IA ya no hacen falta equipos, ni especialización real, ni tiempos largos. Que cualquier proyecto puede convertirse en un one-man army bien asistido por modelos potentes. Que basta con pagar el peaje mensual a OpenAI, a Anthropic o a quien toque esta semana para jugar a ser dioses de sistemas que no terminamos de comprender del todo.
El problema es que esa fantasía no escala emocionalmente. Escala en demos. Escala en presentaciones. Escala en expectativas. Pero no escala en personas. Porque detrás de cada "lo hago yo con IA" sigue habiendo alguien cargando con la responsabilidad, con las decisiones y con las consecuencias. Y eso, aunque lo disfraces de eficiencia, pesa. Mucho.
La semana pasada celebrábamos la revolución.
Hoy tocaba hablar del peaje.
La semana que viene… ya veremos.
¡Feliz Domingo!
🔗 Newsletter patrocinada por: 🔗
Protecting what matters most
🔊 Llámalo podcast... 🔊
Todos los episodios aquí: https://go.ivoox.com/sq/2343562
Y fin...
En fin, que esto no va de demonizar la IA ni de volver a picar piedra con un cincel y un bloc de notas. Va, como casi todo en esta vida, de no fliparse demasiado. De no confundir tener una herramienta potentísima con ser invencible. De recordar que, por muy buenos que sean los modelos, siguen sin saber cuándo parar… y nosotros sí deberíamos saberlo.
Así que nada, usad IA, meted agentes hasta en la cafetera si hace falta, montad one-man armies y automatizad medio planeta. Pero de vez en cuando, mirad el contador, bajad el ritmo y preguntaos si esto lo estáis haciendo para trabajar mejor… o simplemente para poder decir que podéis hacerlo.
La revolución mola, pero el peaje también hay que pagarlo.
Seguimos hablando por los canales habituales: X y Telegram.
¿Entonces ya no nos cambia por la langosta? ¿o sí?

Similar newsletters
There are other similar shared emails that you might be interested in:
